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ayudas a la creacion de tu novela

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Hoy sólo un consejo, breve, pero de máxima importancia.

Al escribir, no podemos situar los puntos y aparte cuando nos parece que quedan bien. El párrafo no tiene un fin estético, sino práctico. No es una pausa aleatoria, sino que cumple una función muy importante: sirve para ordenar las ideas dentro de la unidad mayor que es el escrito (un ensayo, una novela o una redacción escolar).

¿Y porque es bueno que las ideas estén bien ordenadas? Pues para facilitar la lectura rápida, algo muy importante en una época con tanta oferta de literatura.

La clave está en colocar la idea o asunto principal en las primeras frases de cada párrafo, seguida por las ideas que la complementan o la matizan. Un texto con las ideas bien estructuradas, puede leerse de forma mucho más rápida que un texto farragoso o de estructura caótica.

Es posible seguir el argumento de una novela o la tesis de un ensayo leyendo tan sólo las primeras frases de cada párrafo. Para ello es necesario que el autor haya plasmado en esas primeras frases los hechos o datos más destacados. El resto del contenido de cada párrafo lo constituyen cuestiones secundarias, como descripciones o matices, que se nos ofrecen como un segundo nivel de lectura. Es algo semejante a la estructura de una noticia: lo más destacado se ofrece en los titulares, y a continuación, en el texto, se desgranan los detalles, ordenados de mayor a menor importancia.1383831_67191241 libro2

Una de las cosas más importantes que me ha enseñado el escribir una novela ha sido a apreciar la verdadera medida del tiempo.
El tiempo, como sabemos, es un concepto muy relativo. De pequeños, parece que cada día dura una eternidad y ya no digamos los años. Sin embargo, según nos hacemos mayores, el tiempo empieza a acelerarse y tenemos la sensación de que no nos da tiempo a hacer nada. Si de niños no teníamos ninguna obligación, ni un reloj que mirar, ni un plazo que cumplir, de mayores las obligaciones nos agobian y cuando nos queremos dar cuenta no tenemos tiempo para lo más importante: nuestras aficiones.

Cuando me planteé escribir una novela, medía el tiempo en semanas: mi objetivo era terminar cada una de las fases en unas cuantas semanas, y así, en unos pocos meses, tres o cuatro cuando mucho, tener completado mi libro.

Con esa premisa y creyéndome todo un novelista, comencé entusiasmado a escribir mi primera novela, a construir mi historia, a buscar la ambientación, a modelar a los personajes… Hay quien dice que empezar una tarea es la mitad del trabajo, y tiene razón: una vez en marcha yo era como un tren a toda máquina: ya no pude parar hasta el final.

Eso sí; no acabé unos meses después; tuvieron que transcurrir años: cada vez que daba un paso, tenía que retroceder otro para aprender y así ponerme al nivel de la tarea que pretendía realizar. Al principio creía que escribir una novela no tenía que ser muy difícil, y por eso me puse a escribir alegremente. Pero a medida que avanzaba (o que intentaba avanzar) me fui desengañando según me iba dando cuenta de que no tenía ni idea de lo que era enfrentar un reto de estas características.

Para escribir una novela como “El manuscrito de Homero” necesité aprender casi todo del oficio de escritor, y lo hice sobre la marcha, con la técnica de la prueba y el error.

Necesité leer varias biografías de escritores en las que buscaba sobre todo referencias al tiempo que les llevaba escribir sus obras, y encontré de todo: unos eran muy rápidos, en cuestión de meses terminaban una novela; otros mucho más lentos y reflexivos, que necesitaban años para dar por concluida cada una de sus obras.

Unas de las lecciones que aprendí es que las cosas no se hacen de la noche a la mañana. Cada capítulo es el resultado de muchas jornadas de trabajo, de muchas lecturas, borradores, correcciones, pequeños triunfos y también frustraciones… una batalla contra uno mismo y contra la pereza.

Es triste pero a veces escribir, por lo menos para mí, es entablar una batalla contra la pereza. Escribir, aunque sea un blog, exige una disciplina que no siempre tengo, lo siento, de ahí que a veces pasen muchas semanas sin publicar una nueva entrada.Después de terminar “El manuscrito…” me está costando encontrar un desafío que me entusiasme, que me lleve a sentir esa energía y motivación que me impulsaron a terminar esa novela. Quizá me desmotiva la sensación de tener que volver a empezar, de tener que volver a recorrer un camino que ha sido largo y tortuoso, en el que los meses se convirtieron en años. Aunque, por otra parte, ahora sé que muchos de los errores cometidos no voy a volver a cometerlos; ya no parto de cero.

En los próximos días arranca el novedoso proyecto editorial GALEON BOOKS. Conéctate a www.galeonbooks.com donde te informamos de los nuevos servicios editoriales que ponemos a tu disposición.

Para seguir accediendo a nuestro blog, teclea https://noqueremospapel.wordpress.com donde hallarás consejos prácticos para escribir y las noticias de nuestro concurso NQP de Narrativa (Novela y Libro de Relatos) y Ensayo.

Ya hemos hablado de lo importante que es leer para quien escribe. Hoy vamos a destacar cómo tiene que leer alguien que desea dedicarse a la escritura.

La lectura principalmente tiene que ser un placer, pero a partir de ahí el aspirante a escritor tiene que abrir los sentidos mientras lee para darse cuenta de cómo consigue el autor los diferentes efectos, las emociones que el lector experimenta: todo lo que hace que uno ame la lectura: cómo ha logrado que sintamos ansiedad, curiosidad, odio, recelo… etc.

Hay que fijarse en cómo está construida la trama, cómo el autor va sembrando aquellos elementos que más adelante “estallarán” produciendo el efecto buscado. A menudo hay que retroceder varias páginas para comprender mejor la estructura.

Yo recomendaría, sobre todo al principio, tomar notas de todo aquello que vamos descubriendo en nuestras lecturas, pues a la larga resulta muy útil tener un material que nos permita “destripar” los secretos constructivos de novelas ya leídas, sin tener que volver a leerlas.

Cuando leo, suelo anotar los giros principales del argumento, pero también otros detalles más o menos sutiles sobre los diferentes artificios empleados para lograr tal o cual efecto que me haya llamado la atención, y también anoto citas textuales y pensamientos que aporta el libro, así como ideas que se me ocurren y comentarios a propósito de lo que acabo de leer.

Otra cosa: hay que mirar en el diccionario todas las palabras que no nos resulten familiares; es la mejor forma de ampliar nuestro vocabulario y de asegurarnos de que utilizamos los términos correctos para cada ocasión.

Por supuesto que no hago esta labor con todos libros que leo: según voy aprendiendo, me doy cuenta de que ya no necesito anotarlo todo, que sólo de vez en cuando cae en mis manos algún libro que merece la pena “destripar”, es decir, leer con papel y bolígrafo a mano.

La mejor escuela del escritor novel está en los libros: en los libros está todo; en ellos no hay truco que valga; al contrario que los relojes, que ocultan su mecanismo tras la esfera, los libros no guardan secretos a quien se toma la molestia de leerlos y analizarlos con atención. La lectura es a la vez fuente de placer y herramienta de aprendizaje… y en ocasiones, fuente de inspiración de buenas ideas que acaban convirtiéndose en nuevos libros.

Los siguientes consejos pertenecen al libro “Mientras escribo”, una autobiografía de Stephen King.

“Para sacar el máximo partido a la escritura hay que fabricarse una caja de herramientas” (esto es: léxico, gramática, ortografía… es fundamental que el escritor conozca las herramientas de su oficio).

“Darse cuenta de que es mala idea dejar algo a medias sólo porque presente dificultades emocionales o imaginativas. A veces hay que seguir aunque no haya ganas. A veces se tiene la sensación de estar acumulando mierda, y al final sale algo bueno”.

“Poner al vocabulario de tiros largos, buscando palabras complicadas por vergüenza de usar las normales, es de lo peor que se le puede hacer al estilo”. Algo así dijo Cervantes: “Llaneza, muchacho, no te encumbres; que toda afectación es mala”.

“Recuerda que la primera regla del vocabulario es usar la primera palabra que se te haya ocurrido, siempre y cuando sea adecuada y dé vida a la frase”.

“Si no tienes ganas de trabajar como una mula será inútil que intentes escribir bien […] digamos que te toca a ti sudar la gota gorda mientras el muso se queda sentado.”

Sobre la importancia de la lectura:
“La verdadera importancia de leer es que genera confianza e intimidad con el proceso de la escritura. Se entra en el país de los escritores con los papeles en regla. La lectura constante te lleva a un lugar (o estado mental, si lo prefieres) donde se puede escribir con entusiasmo y sin complejos. También te permite ir descubriendo qué está hecho y qué por hacer, y te enseña a distinguir entre lo trillado y lo fresco, lo que funciona y lo que sólo ocupa espacio. Cuanto más leas, menos riesgo correrás de hacer el tonto con el bolígrafo o con el procesador de textos.”

“En general, la gente que compra libros no se guía por el mérito literario de una novela. Quieren una obra entretenida para el avión, algo que les cautive desde el principio, que los absorba y los impulse a pasar la página. Esto, a mi juicio, ocurre cuando los lectores reconocen a los personajes, su comportamiento, su entorno y su manera de hablar…”

Sobre las descripciones:
“El primer paso de la descripción es la visualización de lo que quieres hacer vivir al lector, y el último, trasladar a la página lo que ves en tu cabeza. Fácil, lo que se dice fácil, no es […]. Quién no ha oído un comentario así: «Fue genial [o espantoso, o rarísimo]. ¡Es que no puedo describirlo!». Si quieres ser un buen escritor estás obligado a poder describirlo y de una manera que comunique reconocimiento al lector”.

“Otra cosa importante que hay que recordar es que lo esencial no es el marco sino la historia. No es aconsejable […] hacer descripciones más frondosas de la cuenta sólo porque sea fácil. No es esa la carne que hay que poner en el asador”.

La clave de una buena descripción empieza por ver con claridad, y acaba por escribir con claridad, mediante el uso de imágenes frescas y un vocabulario sencillo. […] todo el oficio de la descripción, el diálogo y la creación de personajes se reduce a ver y oír con claridad y, en 2º lugar, en transcribir con la misma claridad lo visto y oído. […]. Mi postura en todos los casos es muy sencilla: lo tienes todo a tu disposición, y deberías usar cualquier artificio que mejore la calidad de lo que escribes sin interponerse en la historia.”

Un último consejo (al menos de momento):
“Cuando se sufre un atasco imaginativo, el aburrimiento puede ser muy aconsejable”.
Quizá un día de estos complete estos consejos con algunos otros de Stephen King o de otros autores que han entendido bien esto de ayudarnos a los escritores inexpertos.

Hay que leer, y leer mucho. Si quieres escribir bien tienes que leer; es este un paso que no puedes pasar por alto. Una parte fundamental del oficio de escritor (como aficionado o como profesional) es la lectura. Quien escribe tiene que leer cada día. Las razones son obvias: la lectura te mantiene “dentro del territorio de los escritores con los papeles en regla” dice Stephen King en su autobiografía “Mientras escribo”.

Leer te mete en una “zona mental” que te permite ponerte a escribir; la mejor motivación para escribir la encontrarás leyendo. A veces te entran ganas de imitar lo que lees: no es mala cosa imitar el estilo de escritos que nos resultan atractivos; después de todo, la literatura está hecha con un material común para todos, que son las palabras. Puedes empezar imitando, que tarde o temprano encontrarás tu estilo personal, tu manera de relatar. Ningún escritor está libre de influjos: cada escritor es lo que las lecturas han hecho de él.

Sólo leyendo puedes calibrar la calidad de lo que escribes; leyendo aprenderás a manejar el vocabulario, a construir frases y párrafos armónicos. Si te gusta escribir es porque primero y sobre todo te gusta leer.

Pero cuida bien qué lees; lo mejor es leer de todo: no te centres sólo en el género que te gusta, pero no te tortures leyendo lo que no te agrada; para mí leer es un placer, no un castigo. Lee a los clásicos, y con “clásico” no me refiero a escritores del Siglo de Oro, que tampoco están mal; me refiero a libros escritos antes de los años 80, pues generalmente suelen estar mejor escritos que muchos de los actuales.

Y es que hoy el mercado nos avasalla con sus “novedades”. Parece que sólo existen los libros que nos meten por los ojos las grandes editoriales. Yo sé que el mercado no es el mejor crítico literario y por eso no suelo guiarme por sus listas de éxitos: ¡la de decepciones que me he llevado por culpa de esas listas! Como lector, me mantengo alerta y apunto las recomendaciones de otros lectores, o leo blogs que comentan libros que merecen la pena, muchos de ellos desconocidos para el gran público. La dificultad estriba en encontrar esas perlas, casi siempre ocultas entre la maraña. Pero merece la pena buscarlas; el tiempo en la vida es demasiado breve como para perderlo leyendo cualquier cosa.

El problema no es que hoy se escriba mucho (lo cual no deja de ser positivo) sino que se publica mucho y sin la debida revisión, por lo que la calidad ha bajado mucho, salvo honrosas excepciones. Quizás diga esto porque a mí me gusta la pureza de nuestro idioma, y en las últimas décadas nuestro castellano se está contagiando de vicios que los escritores no deberíamos reproducir. Por eso es bueno acudir de vez en cuando a esos libros escritos hace décadas (lo que tampoco nos garantiza al cien por cien encontrar textos exentos de “vicios” o incorrecciones).

Para terminar con la “lección de hoy”, decir que mientras lees, tu cerebro trabaja más que cuando haces cualquier otra cosa (por ejemplo ver televisión). Tus neuronas se mueven y surgen nuevas ideas al hilo de lo que estás leyendo, incluso a veces se te ocurre cómo mejorar partes de tus propios escritos, sin que signifique que estás cometiendo plagio. ¡La cantidad de ideas que se me han ocurrido mientras leía! Mi libro “El manuscrito de Homero” sería infinitamente peor si no hubiera leído mucho mientras lo escribía.

Otro día os hablaré de cómo lee un escritor, o, mejor dicho: de cómo leo yo para intentar aprender.