TRES AMANTES Y UN REVOLVER

ANDRÉS FORNELLS

PREMIO NQP DE NOVELA 2012

Anselmo Pérez, el dueño del bar Los Caimanes se quedó muy sorprendido cuando le pregunté si conocía a alguien que vendiera armas de fuego.

¿Qué clase de arma de fuego quieres comprar tú, un cañón, Jandro? se lo tomó a broma.

Quisiera comprar una pistola. Mi seriedad lo desconcertó ¿Y para qué coños quieres tú una pis-

tola, Jandro? Mi casera me ha encargado comprarle

una mentí. La han atracado un par de veces y la mujer ha cogido miedo.

A continuación se abrió entre ambos un surco de silencio, y durante unos pocos se- gundos tomó todo el protagonismo el ruido del agua que caía, mezclado con el chapo- teo que producían las ruedas de los vehícu- los que circulaban por la calle encharcada, un bocinazo, la sirena de una ambulancia

6o el penetrante chirrido de unos frenos. Anselmo paseó su huesuda mano por los cuatro pelos que sobrevivían en lo alto de su amelonada cabeza y dijo bajando la voz, aunque no había en su local nadie aparte de nosotros dos:

Hace un par meses me ofrecieron un revólver. Como bien sabes, aquí me han entrado a robar ya tres veces los hijos de puta de los ladrones. Estuve tentado de comprarlo, pero no me decidí porque en este puto país tenemos una mierda de leyes que parecen hechas para favorecer a los delincuentes y perjudicar a la gente honra- da. Matas a uno defendiendo lo tuyo, y te buscas la ruina. Y, si por el contrario él te mata a ti, alega que tuvo una infancia des- graciada, recibió malos tratos de unos pa- dres alcohólicos o cualquier otra chumi- nada por el estilo, y a los cuatro días tu asesino está de nuevo en la calle, mientras que tú estás bajo tierra criando malvas.

¿Quién te ofreció un arma, Anselmo? quise saber procurando mostrar menor interés del que sentía.

Uno que tú no conoces. No suele ve- nir por aquí. Es fontanero y tiene siempre más trabajo del que quiere. En realidad el

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revólver me lo ofreció él, pero el dueño de ese revólver era su hermano. Su hermano se llama Cofiño. Tiene un cementerio de coches por la zona de Los Almendroches, cerca de la autovía de pago.

Iré a verle decidido.

Dile que vas de mi parte, y así no desconfiará. Me conoce. Le compré el año pasado un motor de segunda mano para mi coche. Me lo dio barato y va fenómeno.

¿Cuánto calculas tú que puede costar un revólver, Anselmo?

No tengo ni puta idea. Pero esos ca- charros no son baratos.

Cambiamos de conversación. Acaban de entrar Paco el mecánico y Matías el primero de ellos empleado de los Talleres Remiendos y el segundo de la gasolinera de Cuatro Vientos. Colocaron sus chorreantes paraguas dentro del paragüero situado junto a la puerta; una especie de cilindro de plástico con figuras de emperadores romanos. Se quejaron de la lluvia:

¡Qué asco, joder! Tres días ya cayendo agua sin parar.

A mí me jode mucho más el viento que la lluvia. El viento te despeina y te lle- na los ojos de polvo.

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Restregaos bien los pies en la alfombrilla, no me pongáis el suelo perdido, ¿eh? recomendó el tabernero a los recién llegados.

Le hicieron caso. Ocuparon sendos ta- buretes. Era lunes y era tema obligado el futbol. Había un solo acertante al pleno y le envidiamos.

¡Qué suerte, coño! Convertirse uno de la noche a la mañana en millonario. Pasar de ser un desgraciado que no tiene un puto céntimo, a comprarte un coche co- jonudo, un piso de puta madre y tirarte a todas las tías buenas que te venga en ga- nas, y todo esto sin haber derramado una sola gota de sudor.

Si el cabrón que va primero en la liga no hubiera perdido con el colista, ha- bríamos acertado trece y pillado nosotros también algo.

Pero ¿cómo podían ganar esos vagos de mierda si se movían por el campo igual que viejas sonámbulas? ¿No les visteis por la tele? A mí nadie me quita de la cabeza que los tíos perdieron aposta. La corrup- ción está en todas partes. ¿Cómo no iba a estar en el fútbol con la de millones que mueve?

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Los maletines llenos de pasta que van y vienen. ¡Bah! No nos hagamos mala san- gre, tíos. Seguiremos otra semana más hundidos en la puta miseria. Quien sabe si a lo mejor la semana que viene tenemos más suerte…

Todas las semanas decimos lo mismo y lo único que sacamos es el dinero de nuestros bolsillos. ¡No te jode!

No nos amarguemos la vida por lo que no tiene remedio. ¿Nos jugamos unas cañitas de cerveza a los dados? propuso Anselmo, dejando de sacar brillo a la ni- quelada cafetera.

Formamos parejas. Paco y Matías contra Anselmo y yo. Nos ganaron. La suerte nunca me contó entre sus favoritos.

Al día siguiente dejó de llover. Un vien- to racheado y frío se llevó las nubes. Eché un buen trago de brandy para, animarme. Los viernes por la tarde, Dora estaba muy ocupada con la lavadora, así que pude ga- nar la calle sin que ella me viera. Camino a la parada del autobús mis ojos tropeza- ron con muchos rostros malhumorados. Los frioleros iban exageradamente abriga- dos. Los viejos caminaban encogidos y acobardados. Uno que se había resfriado

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ya, llevaba un pañuelo a sus enrojecidas narices. Dos sílfides llevaban sus abrigos colgados del brazo luciendo sus tipitos aunque les castañeaban los dientes. Tres niños jugaban a saltar charcos. Llevaban ya pedidos de barro los bajos de sus pantalones. Les dirigí una rápida mirada de envidia. Ellos estaban todavía libres de los terribles problemas que podían surgirles a los adultos.

Los árboles caducifolios del parque soltaban hojas que se mecían un momento en el aire igual que torpes mariposas. El ba- rrendero que las estaba recogiendo maldecía entre dientes. Un gato desconfiado huyó de su gran escoba y me pasó entre las piernas. Era negro. Cuando la fatalidad se encapricha de uno nada puede hacer.

El coche del servicio público llegó a la parada con retraso. No puede exigírseles puntualidad a quienes se enfrentan a un tráfico denso, contaminante y ruidoso.

Como había más pasajeros que plazas disponibles nos hacinamos para poder ca- ber todos dentro del vehículo. Solidaridad colectiva la de los usuarios que ayuda a enriquecerse más y más a las compañías transportistas.

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Disimulé un hipido. La dosis etílica, tomada antes de abandonar la pensión se me había subido a la cabeza formándome un revoltijo eufórico muy de agradecer en unos momentos que tan bajas estaban las baterías de mi ánimo.

Tenía delante de mí a un joven con gafas y cara seria que le estaba soltando un rollo somnífero a una chica bajita y llena de curvas que, muerta de aburrimiento, comenzó a timarse conmigo. Formé un ce- ro juntando índice y dedo gordo y metí la lengua dentro. Ella reaccionó a mi provo- cación con una risita coqueta, divertida. El tontorrón que la acompañaba, creyendo haber conseguido él esta jocosa reacción suya, enseñó dientes de caballo en una sonrisa sorprendida. Antes de bajarse en su parada, ella se volvió a mirarme y se mordió significativamente la pulposa boca. Le hice un gesto con la mano dándole a en- tender que volveríamos a vernos. Sembrar ilusión es una obra de caridad, muy meri- toria por mi parte pues en aquellos momentos lo que menos quería del mundo era sumar más líos con mujeres. Los tenía sobrados. Debido a que mi pasión por las hembras se había convertido en patológi-

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ca, el resto del viaje lo realicé bien arri- mado a las magníficas posaderas de una matrona veterana que, con la mayor com- placencia me incrustaba sus redondeces en la parte de mi anatomía más sensible y propensa a crecer y endurecerse.

Llegué a mi destino. Al pasar por el la- do de esta exuberante mujer madura, se cruzaron nuestras miradas.

Espero no haberte aplastado el plátano de la merienda comentó graciosa.

Lo que ha hecho ha sido madurármelo cayendo en los, para mí, inevitables rubores.

Me encantaría comérmelo exponiendo con toda frescura su deseo.

Otro día que llevemos el mismo rumbo, emperadora.

Le lancé un beso por el aire y, riéndose, la muy cachonda replicó:

Te cojo la palabra, valiente.

No hubo más entre los dos. El abarrotado vehículo continuó su camino. Quedé un momento parado en la acera sin saber qué dirección tomar. No había estado nunca antes allí, en Los Pedroches. Localicé a una viejecita vestida con un grueso gabán y un ridículo sombrerito. Fui a su encuentro

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Al verme ella cogió con ambas manos su bolso y lo apretó con fuerza contra su escuálido pecho. Hoy en día a la gente le sobran motivos para ejercer la desconfian- za. Intenté tranquilizarla con una sonrisa amistosa.

Perdone, buena mujer, ¿cae cerca de aquí el cementerio de coches?

Ella me dedicó un castañeo de prótesis dental antes de decidirse a informarme:

Siga adelante todo recto. Coja luego la segunda calle a su izquierda y lo verá enseguida.

Le di las gracias. La vieja no separó el bolso de su pecho hasta verme un buen tre- cho lejos de ella.

El cementerio de coches ocupaba un amplio terreno rodeado por una herrum- brosa alambrada cuya parte superior protegían dos líneas de alambre de espino. Antes de llegar yo a la puerta abierta de su entrada, un perro comenzó a ladrar des- aforadamente. Lo busqué con la mirada. Les tengo pánico a estos animales. De niño, a la salida de la iglesia donde acababa de hacer mi Primera Comunión, un can fe- roz dejó con sus monstruosos dientes dos

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paréntesis imborrables en mi nalga iz- quierda.

Afortunadamente a éste lo tenían amarrado con una gruesa cadena. Se trataba de un dóberman de mirada y dentadura de cocodrilo, que mostraba evidentes deseos de usarla conmigo. Tirando con todas sus fuerzas, todo lo más que le permitió la ca- dena que lo sujetaba consiguió quedar a poco más de dos metros de mí. Sentí su abrasante aliento cuando pasé cerca de él, en dirección a un destartalado carromato que hacía las funciones de oficina. Los cristales de su puerta estaban tan puercos que no se podía ver nada a través de ellos. Di unos golpecitos con los nudillos antes de empujar y abrir la puerta, cuyos goznes chirriaron. Mis inquietos ojos localizaron a un individuo sentado detrás de una mesa cochambrosa con sus enormes y sucísimas botas paramilitares encima de ella. Apa- rentaba unos cuarenta años, era feo, cetrino de piel y llevaba el pelo muy largo y descuidado. Sus ojos oscuros, siniestros, me penetraron como si fueran estiletes. Me acoquinó su mirada. Me entraron ganas de salir corriendo. Pero la parálisis que se había adueñado de mis piernas no lo per-

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mitió. Sin soltar la revista pornográfica que sostenían sus manos, de uñas negras como la conciencia de un dictador, pregun- tó con voz rasposa:

¿Qué quieres, periquito?

Noté que me costaba respirar. Olía a demonios allí dentro. Tragué saliva y le di- je, trabucándome, que el dueño del bar Los Caimanes, me había dicho que él quería vender un revólver. Su mirada inquisidora me examinó de arriba abajo, y coronó su examen una mueca desdeñosa.

Ya no tengo esa pipa, tío. Bueno, pues mala suerte. Iba a dar media vuelta para irme,

cuando él añadió: Pero tengo otra pipa. No te va a costar barata, ¿eh? 

me advirtió. Lo bueno siempre es caro concedí,

nervioso perdido. Y sólo tengo seis balas. Me bastarán. Espera aquí un momento. Voy a buscarla.

No se te vaya a ocurrir tocar nada de lo que hay aquí, ¿eh? avisó con acojonante entonación Yo tengo muy mala leche y a los tíos jetas acostumbro cortarles los huevos. Para que lo sepas, periquito.

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Su voz encerraba tanta amenaza, que las hormigas del miedo sembraron sende- ros de desasosiego por todo mi cuerpo. Asentí. La flojera de mis rodillas iba en aumento. La desencajada silla de Cofiño gimió al abandonarla él. Depositó la ilus- tración abierta sobre la mesa y se encami- nó hacia la puerta. Le observé de reojo. La pringosa pelliza que llevaba puesta tenía un corte en la espalda. Pensé que podía haberlo causado una cuchillada. Me estremecí. La valentía no cuenta entre mis escasas virtudes. Él dejó la puerta abierta al salir. Se lo agradecí. El aire que entró de afuera era infinitamente mejor que el existente allí dentro. No me moví un centímetro del sitio. Respiré hondo buscando serenarme. Le eché una mirada, sin mo- verme de donde estaba, a la revista porno. En las fotografías un tipo musculoso empitonaba, con su exagerada masculinidad, por detrás, a una chica tetuda y culona. Con el paso del tiempo y tenerlo tan visto dejó de excitarme este material. Recorrí con la vista el interior del carromato. Había varios estantes con cajas llenas de

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piezas de coche, media docena de motores y pilas de revistas guarras. Encima de otra mesa se encontraba una televisión portátil. Y por doquier reinaban la porquería y el polvo. En una de las paredes había tres calendarios: el del centro mostraba a una Virgen con el corazón atravesado por va- rios puñales, y a cada lado tenía dos espectaculares tías desnudas. Escritos y tachones con bolígrafo rodeaban diferentes fechas. Un enorme cenicero de piedra montado en lo alto de un puñado de papeles estaba lleno casi hasta arriba de unas babeadas colillas que debían ser de hachís.

Los repentinos lloriqueos del doberman me indicaron que su amo regresaba. Entró Cofiño. Se detuvo delante de mí. En su mano derecha traía algo envuelto en un trapo grasiento. Abrió el trapo y me mostró un revólver negro, reluciente.

La pipa está nueva y el número de fábrica ha sido limado. Nadie podrá identi- ficarla.

Estupendo. ¿Cuánto quiere por ella?

Él mencionó la cifra. Sentí alivio. Era menos de lo que yo me había figurado. Sa- qué dinero de mi cartera y lo puse sobre la revista porno. Él lo contó dos veces. Su

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rostro anguloso, torvo mostraba impasibilidad absoluta. Unió mis billetes a un rollo de dinero que llevaba en su bolsillo, ama- rrado con una goma elástica. Al parecer tenía nula fe en los bancos. Su acción me recordó al protagonista principal de una película casi prehistórica que hacía poco habían echado en la tele, “Los caballeros las prefieren rubias”, protagonizada por la mítica Marilyn Monroe. Cofiño añadió al arma una caja de cerillas diciéndome que dentro estaba la media docena de balas. Lo envolví todo en el asqueroso trapo y lo guardé dentro del bolsillo de mi chaqueta.

¡Ah!, una cosa antes de que piques billete, periquito. Si te trincan los maderos a mí no me menciones. No me has visto en tu vida. ¿Está claro? Pues eso: Tú chanta la mui y llegarás a viejo, tío me advirtió Cofiño, taladrándome sus negrísimos ojos. A los chotas acostumbro yo cortar- les la lengua y tirársela a mi perro.

Temiendo que me saliese ridículamente acobardada la voz, efectué un cabezazo afirmativo y abandoné el carromato. El doberman se volvió loco ladrándome. Pen- sé, estremeciéndome, si estaba reclamán- dole a su dueño mi lengua. Empezaba a

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oscurecer. Evité los charcos del embarrado camino. Así y todo acabé poniéndome per- didos los zapatos y los bajos de mis panta- lones. Mientras caminaba podía sentir co- ntra mi costado el peso del revólver. Mi espíritu trágico me hizo pensar: “Jandro, acabas de dar el primer paso que te lleva- rá, sin remedio, al fondo del abismo”.

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