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Archivos Mensuales: agosto 2012

Una de las cosas más importantes que me ha enseñado el escribir una novela ha sido a apreciar la verdadera medida del tiempo.
El tiempo, como sabemos, es un concepto muy relativo. De pequeños, parece que cada día dura una eternidad y ya no digamos los años. Sin embargo, según nos hacemos mayores, el tiempo empieza a acelerarse y tenemos la sensación de que no nos da tiempo a hacer nada. Si de niños no teníamos ninguna obligación, ni un reloj que mirar, ni un plazo que cumplir, de mayores las obligaciones nos agobian y cuando nos queremos dar cuenta no tenemos tiempo para lo más importante: nuestras aficiones.

Cuando me planteé escribir una novela, medía el tiempo en semanas: mi objetivo era terminar cada una de las fases en unas cuantas semanas, y así, en unos pocos meses, tres o cuatro cuando mucho, tener completado mi libro.

Con esa premisa y creyéndome todo un novelista, comencé entusiasmado a escribir mi primera novela, a construir mi historia, a buscar la ambientación, a modelar a los personajes… Hay quien dice que empezar una tarea es la mitad del trabajo, y tiene razón: una vez en marcha yo era como un tren a toda máquina: ya no pude parar hasta el final.

Eso sí; no acabé unos meses después; tuvieron que transcurrir años: cada vez que daba un paso, tenía que retroceder otro para aprender y así ponerme al nivel de la tarea que pretendía realizar. Al principio creía que escribir una novela no tenía que ser muy difícil, y por eso me puse a escribir alegremente. Pero a medida que avanzaba (o que intentaba avanzar) me fui desengañando según me iba dando cuenta de que no tenía ni idea de lo que era enfrentar un reto de estas características.

Para escribir una novela como “El manuscrito de Homero” necesité aprender casi todo del oficio de escritor, y lo hice sobre la marcha, con la técnica de la prueba y el error.

Necesité leer varias biografías de escritores en las que buscaba sobre todo referencias al tiempo que les llevaba escribir sus obras, y encontré de todo: unos eran muy rápidos, en cuestión de meses terminaban una novela; otros mucho más lentos y reflexivos, que necesitaban años para dar por concluida cada una de sus obras.

Unas de las lecciones que aprendí es que las cosas no se hacen de la noche a la mañana. Cada capítulo es el resultado de muchas jornadas de trabajo, de muchas lecturas, borradores, correcciones, pequeños triunfos y también frustraciones… una batalla contra uno mismo y contra la pereza.

Es triste pero a veces escribir, por lo menos para mí, es entablar una batalla contra la pereza. Escribir, aunque sea un blog, exige una disciplina que no siempre tengo, lo siento, de ahí que a veces pasen muchas semanas sin publicar una nueva entrada.Después de terminar “El manuscrito…” me está costando encontrar un desafío que me entusiasme, que me lleve a sentir esa energía y motivación que me impulsaron a terminar esa novela. Quizá me desmotiva la sensación de tener que volver a empezar, de tener que volver a recorrer un camino que ha sido largo y tortuoso, en el que los meses se convirtieron en años. Aunque, por otra parte, ahora sé que muchos de los errores cometidos no voy a volver a cometerlos; ya no parto de cero.

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