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Archivos Mensuales: noviembre 2011

LOS CONSEJOS QUE NADIE ME DIO (II)

Empezar a escribir fue empezar a aprender a escribir. Al principio crees que sabes, pero a medida que avanzas, te das cuenta de que todo es nuevo, de que cada paso que das al escribir una novela más o menos compleja, es un verdadero proceso de aprendizajeMi humilde consejo de hoy es que hay que escribir como a uno le parezca más fácil, más productivo, más divertido, más… lo que sea. Escribir tiene que ser, ante todo, un placer; no hay que torturarse.

A mi me resultó muy fácil empezar a escribir mi novela “El manuscrito de Homero” en forma de diario, como si cada día hubiera vivido unas aventuras y por la noche, antes de acostarme, las anotara en mi cuaderno.

Comencé basándome en un argumento muy rudimentario. El primer borrador lo hice a mano, en cuartillas de papel reciclado; en esa época, mediados de los años 90, aún no tenía ordenador.

Mientras escribía me di cuenta de que el argumento iba creciendo, se iba perfeccionando. Aprendí que la escritura no es un proceso lineal y lógico sino más bien orgánico; no se puede escribir sometiéndose a un estricto plan desde un principio: los planes son para mejorarlos; el escritor debe ser flexible y estar abierto a los descubrimientos: un argumento va ganando mientras se desarrolla, mientras se “vive”.

Yo pensaba que terminar el diario equivaldría a terminar el libro, pero no fue así: había dejado en blanco huecos que tendría que llenar más tarde cuando me documentase de aspectos que yo no dominaba. La documentación es una fase muy importante en la redacción de cualquier libro. Y mientras uno se documenta (bien en libros propios, bien en bibliotecas o en la red), surgen nuevas ideas que van enriqueciendo el contenido del libro, e incluso se pueden encontrar soluciones mucho mejores que las concebidas inicialmente.

Aprendí que un primer borrador no es más que una estructura sobre la que trabajar a continuación. El escritor va trabajando “a capas”: cada vez que pasa por el texto lo va mejorando, como un pintor que primero dibuja a lápiz un primer boceto y después va dando las distintas capas de pintura, hasta terminar con el barniz.
Escribir es completar, perfeccionar, documentar, dejar huecos que más tarde se llenarán cuando uno acuda a la documentación.

Cuando compré el ordenador y aprendí a manejarlo (lo cual no fue sin bastante esfuerzo por mi parte), comencé a pasar el manuscrito a wordperfect, pero no copiaba el texto tal cual, sino que lo iba mejorando y completando.

Posteriormente pasé la novela a tercera persona: por exigencias del argumento, quedaba mejor el punto de vista del autor omnisciente, así que dediqué unas cuantas semanas a dicha tarea, que supuso una labor de criba, pues en tercera persona no se dice lo mismo que en un diario. Quizá haya quien piense que perdí cientos de horas; yo también lo pensé; pero es a posteriori cuando ves que el tiempo no se pierde: al redactar inicialmente el libro como un diario ordené perfectamente los hechos en orden cronológico, algo que me ayudó a organizar todos los pormenores de la trama detectivesca.

Dije al principio que escribir tiene que ser un placer: es cierto. Pero no nos engañemos: es preciso disciplinarse, esto es, tomarse un tiempo para escribir todos los días y respetarlo casi de manera religiosa (pero no creáis que yo cumplí a rajatabla este consejo… quizá por eso tardé años en acabar mi libro).

Lo más importante es comprometerse como lo he hecho yo con la gente que me ha pedido que diga cosas sobre la escritura de mi libro. Comprometerse ante alguien te fuerza a descartar la pereza, que la gran ladrona del tiempo y de potencial desaprovechado. Hay que luchar contra la pereza, y una buena manera de hacerlo es comprometiéndote con alguien a hacer algo. Pero de eso, probablemente hablaré otro día.

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