archivo

Archivos Mensuales: agosto 2011

“Cómo escribí mi novela” es el título de la charla de casi dos horas que di en el instituto “Siberia Extremeña”, en la localidad de Talarrubias (Badajoz) el pasado día 28 de mayo.Me temía lo peor: que no hubiera demasiado interés en el tema, que los alumnos se tomaran la actividad (perfectamente organizada por mi amiga Inés Hidalgo) como un pasar dos horas librándose de las clases… Pero no fue así: el interés que me prestaron los alumnos del centro, más de cincuenta, me llenó de satisfacción, y mis palabras despertaron el interés de los jóvenes en el mundo de las letras.

Durante la charla hablé de mi experiencia: los “consejos que nadie me dio”, los triunfos y también los obstáculos con los que me encontré a la hora de escribir mi libro. El principal de esos obstáculos fue la inexperiencia, que me impidió ver que la escritura es un proceso orgánico, no lineal, que no hay unas etapas perfectamente separadas.

Pero los obstáculos del principiante, muy difíciles en ocasiones, se salvan con el entusiasmo y el desconocimiento de la magnitud de la tarea emprendida: es como aquel que dijo: “lo hice porque no sabía que era imposible”.

El contacto con la juventud me enseña que la literatura no está tan muerta como los más pesimistas se empeñan en hacernos creer; hay una cantera de lectores y también de futuros escritores, personas inquietas, que saben que leer es vivir muchas vidas, como me dijo María, una de las alumnas que asistió al evento.

Me fui satisfecho de Talarrubias; ojalá que un día vuelva por allí. Desde este medio maravilloso, que es la Red, envío un saludo a toda la gente del instituto Siberia Extremeña, en especial al director del mismo y, como no, a Inés Hidalgo y a Santi, que fueron mis compañeros en Valladolid, en mis tiempos de universitario, en los que me inspiré para escribir “El manuscrito de Homero”.

De allí me fui a Madrid, a firmar ejemplares a la Feria del Libro, otra experiencia nueva para mí, que bien vale un comentario aparte.

Anuncios

Mi primera novela, “El manuscrito de Homero”, me ha enseñado que la escritura tiene que ser eficaz: si mi primer mandamiento como escritor es “no aburrir”, una de las consignas es “ir al grano”, dejarme de circunloquios, de descripciones morosas y de pasajes que ni hacen avanzar la acción si estamos en una novela, ni informan si estamos en un ensayo.

Tuve que depurar al máximo el texto de mi novela, instado por mis amigos y sobre todo por mi editor. El objetivo: decir lo más posible con las menos palabras posibles.

La experiencia resultó dura: el autor piensa que su obra es un todo, y que quitar partes es mutilarla. No obstante, después de haber eliminado más del veinte por ciento de las páginas, mi libro quedó mucho mejor y ahora, cuando leo a otros autores tengo la sensación de que el objetivo no es contar buenas historias sino llenar 300 o 400 folios para publicarlos un libro.

Da la impresión de que la mayoría de los autores, sobre todo los ya consagrados, no dedican unos meses a depurar sus escritos, a despojarlos de toda esa paja que sólo consigue del lector bostezos de aburrimiento. Ahí es donde el editor debería actuar, y ya no por razones de pura economía, porque salga más barato un libro de 300 páginas que uno de 500: el tiempo de la vida es limitado, nuestras mentes están saturadas de información, y las ideas pueden y deben condensarse. Lo que puede decirse en 200 páginas no necesita 500; y muchas veces, sobre todo en ensayo, las ideas vertidas en un libro pudieron verterse en un simple artículo periodístico.

Y eso por no hablar de los errores lingüísticos, gramaticales, semánticos, etc. que son responsabilidad del escritor, pero también del editor en el libro publicado.